CAPÍTULO 1: DECISIONES
Cuando terminas Bachillerato te ves en la tesitura de tener que tomar una decisión. Una decisión que desde luego queda muy grande para un joven o una joven que ni siquiera sabe quién es, ni lo que quiere para su vida en esos momentos.
Aunque tomamos cientos de decisiones al día (algunas más importantes que otras), el decidir a qué nos queremos dedicar es una sumamente especial. Desde pequeños soñamos en lo que queremos ser de mayores, ¿quién no ha querido ser veterinario alguna vez? Jugamos a ser doctores, cocineros, mamás y papás; soñamos con que podemos ser todo lo que queramos ser. No vemos problemas, no vemos impedimentos, no vemos todo el sacrificio que hay detrás de lo que se quiere conseguir. Simplemente soñamos jugando.
En cambio, a medida que uno va creciendo, los exámenes, los deberes, las relaciones con compañeros o profesores, las desilusiones y sobre todo las frustraciones (que odiosas son esas frustraciones que nos hacen sentir tan incapaces); todo eso va haciendo que sintamos nuestros sueños cada vez más lejanos. Esos objetivos que nos propusimos cuando éramos pequeños, ya no nos hacen tanta ilusión. Las profesiones se convierten en letras o ciencias; si siento que no soy bueno escribiendo, cedo a mi sueño de escribir un libro algún día. Si alguien se ha reído de nosotros por lo mal que pintamos o tocamos algún instrumento, ya no queremos ser artistas. Aquello que un día nos llenaba de ilusión, ya no lo hace más.
Y en medio de eso, en medio de esa mezcla de sentimientos, de ilusiones y decepciones, tenemos que tomar la decisión de cuál será nuestro próximo paso. ¿Seguiremos estudiando? ¿buscaremos un trabajo? ¿o quizá un año sabático? ¿trabajar en el negocio familiar? ¿voluntariado? Cuántas opciones. No sé si os pasa, pero a mí muchas veces cuándo quiero escoger una serie o una película en alguna plataforma digital, a más opciones, me vuelvo más indecisa. A veces incluso, después de buscar un rato qué ver, termino cerrando el ordenador aturdida con todas las opciones posibles.
Cuando terminé selectividad, decidí empezar una carrera que no era para mí. Después de abandonar ese plan y pasar un tiempo, empecé psicología, primero lo intenté a distancia, pero me resultó imposible hacerlo de esa manera, así que comencé la carrera presencialmente. He de decir que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Disfruté cada año de esa carrera muchísimo y conocí a personas maravillosas por el camino.
Dicen que uno empieza a estudiar psicología con la idea de ayudar a otros o ayudarse a sí mismo. No sé si es así o no, puede que haya un poco de las dos. Además de eso, a mí me despertaba mucha curiosidad entender mejor al ser humano o simplemente a mí misma.
Pero no todas las decisiones que he tomado han sido igual de acertadas, de algunas me arrepiento y de otras aprendo. Qué importante decidir, aunque a veces tengamos que hacerlo con miedo.
Con todo mi cariño,
Nayra