CAPÍTULO 2: RUPTURAS
¡Ay las rupturas! Esas rupturas que pensamos que no seremos capaces de superar nunca. El corazón es una cosa loca, decide por sí mismo. No le importan los argumentos, ni el qué dirán. Se queda dónde se siente vivo, dónde siente que todo tiene sentido, aunque en verdad no lo tenga. No le valen los: ''esto no está bien'' o ''esto va a doler'', no entiende nada de eso. Sólo quiere sentir con fuerza, sólo quiere dejarse llevar.
Cuando rompemos con alguien que queremos, cuando esa persona deja de ser el centro de nuestra vida o siquiera parte de ella, en ese momento los días se vuelven tremendamente pesados. Noches sin dormir, muchas lágrimas que soltar, la tristeza pasa a acompañarnos la mayoría del tiempo, amiga del enfado cuando hay cosas que quedan por decir. Nos sentimos responsables, creyendo que podríamos haber hecho algo diferente para que las cosas no terminaran así, pero lo cierto es que no, las cosas son como son.
El corazón, que engañoso es a veces, haciéndonos creer que queremos algo que en verdad no nos hace bien; no permitiéndonos ver con claridad que hay algo mucho mejor para nosotros, algo que no nos hará daño. No hay que arrepentirse de lo que hacemos de corazón. Aunque a veces llegamos a sentirnos ridículos e incluso avergonzados por haber hecho ciertas cosas, no hay nada de lo que arrepentirse.
Una vez leí que amar es de valientes. Y es verdad que para amar genuinamente se necesita mucho valor. Y por desgracia, a veces el amor genuino no es correspondido; no necesariamente porque la otra persona no sienta lo mismo, sino porque esa persona, a diferencia de nosotros, no tiene el valor para amar, para amar de verdad.
¡Ay las rupturas! Cuánto nos hacen sufrir; cuánto pueden llegar a dolernos, pero la verdad es que la vida sigue, la vida no se detiene ni por nada ni por nadie. Volverá a salir el sol. Habrá un mañana y poco a poco, ese dolor tan intenso y esa desesperanza tan grande, va perdiendo espacio en nuestra vida. Poco a poco, volvemos a sentir ilusión y ganas de vivir otra vez. Con el tiempo, la esperanza vuelve a sembrarse en el corazón. Y al final, nos levantamos más fuertes. Volvemos a sonreír y volvemos a soñar. Dejamos de llorar y esa persona va ocupando menos lugar en nuestra mente y en nuestro corazón.
Al principio parece que no, pero se supera. Se sigue adelante. Todo pasa. Y qué necesario es poder recordar lo bueno de esa persona y los buenos momentos vividos. Quedarnos con lo mejor y librarnos de cualquier rencor y cualquier cosa que no nos haga bien, volviendo a sonreír a la vida con sinceridad. Qué bueno es poder superarlo y tener la seguridad de que, si algún día nos lo volvemos a encontrar, podamos desearle todo el bien con la cabeza bien alta. Sin ninguna vergüenza, sin ningún arrepentimiento, con la conciencia tranquila, porque lo único que hemos hecho ha sido amar, amar de verdad.
Con todo mi cariño,
Nayra