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¿Quién no se ha sentido solo alguna vez? Hay temores que son comunes en todos nosotros y uno de ellos sin lugar a duda es a la soledad. ¿Cuántas personas se conforman con relaciones infelices por miedo a verse solas ante la vida? Y es que la soledad es un sentimiento que puede ser vivido de forma terrible. Es curioso cómo podemos sentirnos completamente solos aun cuando contamos con el apoyo de nuestro entorno.

Sin embargo, en la vida hay un momento para sentir la soledad. Nadie puede ayudarnos a salir del hoyo cuando estamos en él. Nadie puede verdaderamente confortarnos cuando nuestro corazón está gravemente herido. Y aunque, por supuesto, agradecemos el apoyo, los abrazos y las palabras de consuelo, en el fondo sabemos que todo eso no es suficiente. Todo eso no consuela, no calma el corazón que no quiere ser calmado o que no puede serlo en ese momento. 

Hay un momento para vernos solos. Solos ante nuestro pasado, solos ante nuestros recuerdos, solos ante nuestra historia, solos ante nuestros profundos temores, ante nuestras inseguridades, solos ante la vida. La vida que a veces asusta, asusta demasiado. Podemos incluso llegar a no sentirnos capaces de seguir adelante, no saber cómo hacerlo o hacia dónde ir; nos sentimos perdidos y sin rumbo. En ese momento necesitamos enfrentarnos a la soledad. Y como digo, no me refiero a algo únicamente físico. Puedes convivir con más personas en tu casa y sentirte igual de solo. Hablo de la soledad que está en lo privado. Esa soledad que sólo tú conoces. Esa soledad personal a la que cada uno de nosotros le pone un nombre, una sensación. ¿Quién no se ha sentido solo alguna vez? 

Y cuando finalmente somos capaces de dar el paso y alejamos todo el ruido que nos rodea, cuando somos verdaderamente capaces de parar por un momento y dejar de buscar en lo de fuera la emoción de vivir. Cuando hacemos eso y nos encontramos solos, aunque al principio asusta, después se hace mucho más ligero. 

Muchas veces tratamos de evitar ese momento, tratamos de evitar ese encuentro con nosotros mismos porque nos resulta incómodo. Preferimos estar ocupados, preferimos socializar y trabajar o estudiar con tal de no pensar, con tal de no parar y escuchar lo que nuestro corazón quiere decirnos. En ocasiones nuestro corazón nos hace sentir tristes, nos hace pensar en cosas que pueden pasar o no pasar y eso no nos gusta, nos puede hacer sentir mal. No obstante, si nos resulta incómodo es precisamente porque no estamos acostumbrados a ello, estamos acostumbrados a un ritmo de vida acelerado que no nos permite conectar con lo que sentimos. 

Cuando por fin detenemos ese frenesí, cuando por fin buscamos el espacio y el momento para nosotros, cuando por fin paramos, entonces podemos empezar a escuchar lo que nuestro corazón está tratando de decirnos. Y ese miedo a la soledad pasa a convertirse en templanza, esa templanza nos permite ver la vida desde otra perspectiva o más bien simplemente a estar más presente; más presente en lo que hacemos, en lo que decimos, en lo que sentimos e incluso más presente en la vida de los demás. 

Cuando hemos sido capaces de sentirnos solos y sobreponernos a ello, dándonos cuenta de que no es algo tan malo, eso nos permite ser más conscientes de que en la vida, como seres humanos, tenemos muchas más cosas en común de las que creemos. A veces nos separan las opiniones y los razonamientos, pero lo cierto, es que somos mucho más parecidos de lo que nos podamos imaginar. En la soledad, nos hacemos más sensibles a lo que sentimos y a lo que sienten los demás. No hay necesidad de seguir huyendo, de seguir evitando ese momento.

Con todo mi cariño,

Nayra

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